Viaje a Carcedo con papá

_A ver Rosa Mari, si te portas bien durante el camino (dos horas de curvas infernales si no encontrabas un camión subiendo el puerto de la Espina, con camión TRES) te regalo un #libro de Enid Blyton. Ahí empezaban las negociaciones con mi padre en nuestras excursiones a Carcedo mano a mano.

Yo sabía que alguno de “Los Cinco” o de las muchachas que iban a Torres de Malory estaban en la guantera así que partía con ventaja. Portarse bien incluía: no preguntar cada diez minutos “cuánto queda papá”; no empeñarme en merendar en Cornellana para luego ir vomitando hasta Carcedo; y permitir a mi pobre progenitor que no se congelase porque quería llevar las ventanillas abiertas todo el camino… aunque fuese enero.

Generalmente nos llevábamos bien hasta que después de la merienda al lado del río, yo empezaba a potar como la niña del exorcista, mi padre a parar cada diez minutos para atenderme y ya finalmente llegábamos al pueblo todos percudidos como si viniésemos de una guerra y soltaba su famosa frase:

– Mamá, no quiero ver a esta guaja hasta el domingo cuando marchemos.

Mi güela, amorosa, me aseaba y ya aparecía otra vez mi padre, tan pichi, con el libro envuelto en papel de regalo, me daba un beso y decía:

–  Es mejorable, pero bueno, tampoco te portaste tan mal.

Mi padre era un optimista. Hoy conduzco yo.

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