El caso Foncalada

Dos guardias se llevaron a la repipi hija del casero veinte minutos antes de las nueve. Tuve la suerte de ver todo el espectáculo porque salía con mi cartera para ir al colegio en la Calle la Luna. Pasaron ya 60 años y todavía recuerdo sus berridos histéricos, tan fueran de su papel de niña bien:

– Papá, por qué me llevan, yo lo hice todo correctamente, siguiendo las instrucciones.

También resuenan en mi cabeza las palabras de mi madre, siempre sentenciosa:

– Tanto leer no es bueno, mira lo que hizo esa rapacina, Chelinos, a ti ni se ocurra coger un libro, si matas a alguien como la sin sangre esta te arrastro de los pelos.

La niña muerta apareció la tarde anterior, un domingo, ahogada en la fuente de Foncalada, con su ropa de domingo y una expresión de empacho sorprendente, nunca en vida la había tenido. En un primer momento los mayores pensaron que se había caído pero los pequeños de la corrala sabíamos que había sido un asesinato y que la niña mimada del edificio estaba detrás. Rápido se descubrió todo, en cuanto alguno de los responsables perdió un ratín en escuchar al género menudo.

María Eugenia, había que llamarla por los dos nombres completos en un patio repleto de Rosis, Isas, Conchis y demás diminutivos propios de nuestra clase, la de ella era otra en nuestro microcosmos, era la hija del dueño del edificio, tenían su propia entrada y una existencia ajena a la de las hijas de zapateros remendones, fruteras, fulanas, vendedoras de carbón sisado de las vías que compartíamos su techo nada más.

María Eugenia (siempre dicho con retintín, o “rintintín” era el palabro más usado) llevaba días ofreciendo a los más pequeños , insistentemente, compartir sus copiosas meriendas comparadas con nuestro café migado, ese comportamiento ya nos hacía sospechar porque nunca se había mezclado con nosotros, ella iba a otras casas con las hijas de otros caseros, suponíamos, a jugar, nosotras podíamos mancharle sus puntillas y lazos, y contaminar su mente. Además, como colmo de lo estrafalario siempre iba con un libro bajo el brazo, y eso la hacía más inaccesible aún. Las pocas veces que la lluvia la confinaba en la corrala solo quería jugar a los misterios, ¡menudo aburrimiento!. En sus últimos delirios quería invitarnos “al té”, no sabíamos ni qué era eso, pero desconfiábamos, algo querría a cambio, y sí, quería “practicar”, la muy chiflada. Finalmente, debió convencer a la pobre Luisina y el resultado fue “El caso Foncalada” el suceso más comentado en el Oviedo de 1958.

Mi madre a cambio del alquiler le llevaba la casa al dueño del edificio, al padre de la protagonista de “El caso”, esa misma tarde con el afán de informar al resto del vecindario de cómo estaba “el pobre desgraciado”, parapetada tras una empanada de sardinas y conmigo detrás cargada con la ropa de la plancha entramos en la casa que para siempre ya sería conocida como “donde la asesina”. El hombre estaba en mangas de camisa, nunca antes lo habíamos visto así, despeinado, la barba sin afeitar, el bigote en punta y sentado en la mesa del comedor donde parecía que rezaba, musitaba una cantinela:

María Eugenia los libros hay que leerlos hasta el final, son de misterio, de entretenimiento, no un manual para homicidas, ¿pensabas que no me iba a dar cuenta de que me robaste el jarabe? ¿no te fijaste en la gente que os vio salir juntas de casa? ¿por qué te guardaste una de sus cintas del pelo? El asesino siempre es apresado, no ves que el protagonista es Sherlock, o Poirot o Maigret. Hay que leer hasta e final María Eugenia, hasta el final.

En aquel momento mis 8 años no me permitieron entender lo que aquel señor atormentado repetía una y otra vez, tardé tiempo en darme cuenta que aquella ociosa chiquilla había invitado a la pobre Luisina a “tomar el té” con pasteles repletos de un jarabe que su padre tomaba para dormir, y después la ahogó en la fuente, eso sí lo hizo todo con guantes, aunque dejo la merienda al lado de la fuente y un reguero de testigos que la vieron jugar con la víctima, su obsesión por leer aventuras sobre crímenes perdía la emoción en cuanto descubría cómo se finiquitaba a la víctima, en ese momento se plantaba la muy lerda, de ahí su detención fulminante.

No sé si mi madre entendió la situación completamente, pero salió repleta de argumentos, y enseguida empezó a exponerlos, yo sí entendí su amenaza porque sigue en mi coco el recuerdo del escozor de la colleja que me arreó al salir de la casa por la puerta de servicio. Y su voz aguda, con una satisfacción después de cumplir su papel de “radio macuto” para el vecindario:

Como te pille con un libro de esos te despelucho, tenlo en cuenta. Nunca llegarás a nada con las letras, aprende a coser y busca un hombre con oficio, nada de pluma.

Afortunadamente, no le hice caso…eso sí, cuando empiezo un libro siempre lo termino. Es algo que aprendí de un padre desesperado.

Fin


Foto de J. Ramírez coloreada de la fa fuente de Foncalada en el siglo XIX. Google

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