La Rosaura, Mary Paz y mi padre


La vergüenza, como la contención,  es algo que desconozco, esto no es culpa mía, ni
gracias a mí, toda la desfachatez que me habita es fruto de la casa de locas en la que me crié. 

Si mis amigas venían a nuestro hogar mañana, tarde, o noche, 99 veces de cada 100 era la Mary la sufrida visitante/miembro más de la tribu, podían encontrarse a mi tío Santi en pleno junio viendo la vuelta ciclista con una bufanda de tres vueltas, mi güela diciendo en septiembre este es el último otoño/invierno que vivo, a mí tío abuelo Carlos piropeando a diestro y siniestro con toda su clase, a mí tía abuela Mamina diciendo que estaba más jodida que el Gobierno, el perro ladrando al periquito y a mi güela,  otra vez porque tenía el poder de la bilocación, tirando por la ventana las tortugas de mi hermano porque decía que olían mal pero realmente era que le restaban atención, a mi padre poniéndose un pendiente rojo de pinza y diciéndole a mi hermano que venga, a tomar algo a la calle,  infeliz, mi hermano llorando porque «papá pareces una muyerina con ese pendiente» y porque le llamaba infeliz y eso «es un tonto que anda por la vida», a mí que ya de la que pasaba por allí,  lo llamaba berrón y le susurraba que se callara o se lo devolveríamos a la familia de inmigrantes indochinos que lo abandonaron a la puerta de casa, y mi madre me quería estrangular y me tiraba el trapo de la cocina,  pero a mi padre le llamaba la atención lo de los indochinos y la mama decía,  sí,  tú ríele las gracias a la guaja que cada vez es más rara y lo sacó de tu raza de gente que lee por la noche, y los Reyes no le van a traer nada como siga martirizando a su hermano pequeño, ahí pedía yo por enésima vez a la muñecs Rosaura porque no era justo que Mary Paz, allí presente y seguramente tomándose un vino Sansón con mi tía Iso, o soportando las bromas del tío Santi («qué raro, Mary Paz, tú por aquí, no tienes casa»),  tuviera la muñeca y yo no, entonces mi madre me decía que éramos muchos en casa y que si los Reyes venían con «esa muñecona tan grande como Mary Paz» tendría que irse el perro o mi güela de nuestra casa de CINCUENTAIDOS metros cuadrados, tú eliges quién se va, guapina, yo veloz reaccionaba y argumentaba que igual para Navidad no, pero en Semana Santa que la abuela ya se habría muerto, lo acababa de decir ella misma «que era su último otoño/invierno», la Rosaura podría venir a nuestra «home, sweet, home», y en ese momento mi reina madre brotaba, echaba a todos los niños y al perro a la calle, suerte si no estaba encendiendola cocina y nos tiraba de paso una piña, y cuando salíamos los cuatro pitando oíamos como le decía a mi señor padre: qué ocurrencias, no sé qué va a ser de esta guaja, y la culpa es toda tuya. Y mi padre, «galansote» de telenovela con su pierna cruzada, «El coyote» en el regazo y el piti en la boca murmuraba: A mucha honra, Rosina…..

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